Editorial de GARA
Es sencillo: siempre queremos que gane nuestro equipo, y en todo caso un vasco
Hay gente en Euskal Herria, gente que se siente vasca, que prefiere que gane un equipo catalán o español a que gane uno vasco. Incluso prefiere que gane el Atlético de Madrid a que gane su rival vasco. Cada cual es libre de sentir y pensar lo que quiera, pero que no cuenten con GARA.
Somos una nación, un pueblo, con miles de deportistas que se sienten vascos y les gusta reivindicarlo. Unos pocos juegan en la élite. Pero son miles los hombres y las mujeres que juegan a fútbol en Euskal Herria. Y son muchos más los que siguen a sus equipos y jugadores.
Tenemos equipos de fútbol grandes en nuestras capitales y orgullosos en cada pueblo y barrio. Unos juegan delante de 50.000 personas, otros en campos de hierba artificial. Otros lo hacen sobre tierra y barro, o con dos jerséis como portería. Unos pocos ganan millones por correr detrás del balón, otras muchas pagan por jugar. Les une su pasión por este deporte y, de nuevo, que ser vascos y vascas es importante para todas ellas.
Hay gente que, sin gustarle el fútbol –o desesperándole eso en lo que se ha convertido hoy en día–, apoya a nuestros equipos. Por eso, porque son vascos y porque entienden el peso de este deporte en la proyección de un país. Porque si esto fuese solo de fútbol, todo el mundo sería del Manchester City, del Barça, de Argentina, o hasta del Real Madrid.
Deporte y política, de la mano
Cuidado con los que dicen que no hay que mezclar deporte y política: es que ellos pueden defender sus colores y su bandera de forma oficial, sin que nadie los cuestione.
Es evidente que en este siglo el fútbol ha cambiado, y que en ese desarrollo han ido minando a la afición vasca, la que tiene su equipo y después apoya al resto de equipos de sus compatriotas. Es una de las pocas victorias que se puede anotar el unionismo español en los últimos años. Han promovido con éxito el provincianismo y los agravios entre aficiones hermanas. En eso coinciden sus intereses económicos y su ideología españolista. En este camino, hay gente, vecinos nuestros, que han hecho de esa batalla su identidad.
También es cierto que antes odiábamos cuando nuestros jugadores llevaban las camisetas de España o Francia. Ahora se ha normalizado que chavales vayan por las calles sin conciencia de que su libertad implica que nuestros jugadores no puedan elegir cuál es la camiseta que quieren defender. Extraña libertad. Con pedagogía, sin odio pero con firmeza, deberíamos explicarlo más a menudo, para que lo injusto no se convierta en lo normal.
Por todo eso, y por la memoria de Iribar y Kortabarria, por los partidos de nuestra selección, porque seguimos sin sentirnos españoles ni franceses, por las kalejiras hermanadas hasta la entrada del estadio, porque no nos vamos a confundir de adversarios, tomamos el compromiso de apoyar al equipo vasco que juegue la final de la Copa. Somos del equipo de los que pitan a los reyes.
Acabado el partido, nosotros, con los vascos
Por eso, una vez haya concluido el encuentro de esta noche, cuando el destino de los nuestros –porque sí, nosotras también tenemos equipo: puede ser el de nuestra infancia, el de nuestra provincia o el de la de al lado, el de nuestro padre, el que nos convocó cuando éramos niñas o el que nos hizo sentir especiales la primera vez que pisamos su grada– esté sellado, gane el que gane, y pierda el que pierda, seguiremos estando con nuestros equipos. Sin complejos ni estridencias, como el resto del mundo con los suyos, nosotros con los vascos.
Hay gente en Euskal Herria, gente que se siente vasca, que prefiere que gane un equipo catalán o español a que gane uno vasco. Incluso prefiere que gane el Atlético de Madrid a que gane su rival vasco. Cada cual es libre de sentir y pensar lo que quiera, pero que no cuenten con GARA.
Somos una nación, un pueblo, con miles de deportistas que se sienten vascos y les gusta reivindicarlo. Unos pocos juegan en la élite. Pero son miles los hombres y las mujeres que juegan a fútbol en Euskal Herria. Y son muchos más los que siguen a sus equipos y jugadores.
Tenemos equipos de fútbol grandes en nuestras capitales y orgullosos en cada pueblo y barrio. Unos juegan delante de 50.000 personas, otros en campos de hierba artificial. Otros lo hacen sobre tierra y barro, o con dos jerséis como portería. Unos pocos ganan millones por correr detrás del balón, otras muchas pagan por jugar. Les une su pasión por este deporte y, de nuevo, que ser vascos y vascas es importante para todas ellas.
Hay gente que, sin gustarle el fútbol –o desesperándole eso en lo que se ha convertido hoy en día–, apoya a nuestros equipos. Por eso, porque son vascos y porque entienden el peso de este deporte en la proyección de un país. Porque si esto fuese solo de fútbol, todo el mundo sería del Manchester City, del Barça, de Argentina, o hasta del Real Madrid.
Deporte y política, de la mano
Cuidado con los que dicen que no hay que mezclar deporte y política: es que ellos pueden defender sus colores y su bandera de forma oficial, sin que nadie los cuestione.
Es evidente que en este siglo el fútbol ha cambiado, y que en ese desarrollo han ido minando a la afición vasca, la que tiene su equipo y después apoya al resto de equipos de sus compatriotas. Es una de las pocas victorias que se puede anotar el unionismo español en los últimos años. Han promovido con éxito el provincianismo y los agravios entre aficiones hermanas. En eso coinciden sus intereses económicos y su ideología españolista. En este camino, hay gente, vecinos nuestros, que han hecho de esa batalla su identidad.
También es cierto que antes odiábamos cuando nuestros jugadores llevaban las camisetas de España o Francia. Ahora se ha normalizado que chavales vayan por las calles sin conciencia de que su libertad implica que nuestros jugadores no puedan elegir cuál es la camiseta que quieren defender. Extraña libertad. Con pedagogía, sin odio pero con firmeza, deberíamos explicarlo más a menudo, para que lo injusto no se convierta en lo normal.
Por todo eso, y por la memoria de Iribar y Kortabarria, por los partidos de nuestra selección, porque seguimos sin sentirnos españoles ni franceses, por las kalejiras hermanadas hasta la entrada del estadio, porque no nos vamos a confundir de adversarios, tomamos el compromiso de apoyar al equipo vasco que juegue la final de la Copa. Somos del equipo de los que pitan a los reyes.
Acabado el partido, nosotros, con los vascos
Por eso, una vez haya concluido el encuentro de esta noche, cuando el destino de los nuestros –porque sí, nosotras también tenemos equipo: puede ser el de nuestra infancia, el de nuestra provincia o el de la de al lado, el de nuestro padre, el que nos convocó cuando éramos niñas o el que nos hizo sentir especiales la primera vez que pisamos su grada– esté sellado, gane el que gane, y pierda el que pierda, seguiremos estando con nuestros equipos. Sin complejos ni estridencias, como el resto del mundo con los suyos, nosotros con los vascos.
Respuestas al tema
Mostrando (106 - 106) de 106 respuestas
Respuesta #106
hace 1 hora y 7 minutos
hace 1 hora y 7 minutos
Cita de EGUZKI-ALDE:
Yo soy abertzale ,Athleticzale y gipuzkoarra .
La envidia ,la obsesión , la inquina que tienen al Athletic no es ni medio normal ..
Trabajada a pico y pala por todos los estamentos de la provincia , prensa incluida..
Una cosa es tener vision abertzale a nivel político y social y otra ser un pagafantas ..
A mí a abertzale no me gana nadie y se perfectamente que al nacionalismo español le interesa que nos llevemos muerte. Esto es tan verdad como que en parte de la sociedad Gipuzkoana ( abertzales y no abertzales) tienen un odio tunecino a todo lo que no sea de su provincia. Lo llevo comprobando en fútbol, remo, música, pelota etc unas cuantas décadas. Y repito que no hablo de personas, que buenas y malas hay en todos los lados.