Un artículo del DV con sentido común
El cronista del Diario Vasco Iñaki Izquierdo, que no suele ser muy neutral, escribe hoy un artículo con bastante cabeza y sentido común. Está bastante bien.
LAS COSAS EN SU SITIO
El fútbol vasco no era un edificio en ruinas, sino un monumento que mostraba su edad. El cambio de siglo trajo dificultades a Real y Athletic. Empezaban a quedar lejos las glorias de los años 80 y los nuevos problemas que planteaba el futuro no ofrecían asideros claros a dos instituciones tradicionales. Hubo confusión y derivas erráticas en el rumbo que se pagaron con singular dureza en Anoeta, pero ni Real ni Athletic eran viejas reliquias. Han vuelto. Tanto tiempo después, son de nuevo equipos campeones.
La Real, en su resurgir, ha marcado el camino ideológico. Al negarse a aceptar un lugar subalterno, al reclamar su condición de club grande, ha asumido que debe combatir contra quienes se resisten a ceder su lugar en la mesa de los mejores. Regresó a la Champions hace ya más de diez años, ha jugado seis temporadas consecutivas en Europa y ha ganado la Copa. El Athletic recogió ese guante moral, ha renunciado al fatalismo de las finales perdidas de antemano y de los aplausos deportivos de Muniain y el resto de rojiblancos aquella noche de Sevilla salió el nuevo equipo campeón. Que el Athletic iba a volver lo sabía todo el mundo, y esa era la mejor señal del cambio. Si al fútbol vasco no se le hizo justicia con una revancha en otra final de Copa frente a frente apenas dos años después fue solo por la impericia de la Real al dejarse eliminar de forma penosa por el Mallorca, pero esta semifinal pone las cosas en su sitio: dos equipos que juegan para ganar y se retroalimentan. Un círculo virtuoso.
En esta Copa se vuelve a poner en discusión la hegemonía en el fútbol vasco, nada menos. La rivalidad ha sido equilibrada en los últimos 40 años, pero hoy es de una naturaleza opuesta a la de hace dos o tres décadas. Entonces era un antagonismo triste por intentar no ser el peor del vecindario; hoy es una pugna creativa por los laureles de la gloria, el lugar que, intimamente, nunca abandonaron los seguidores de las dos mayores instituciones deportivas del país.
Una semana después de que el Baskonia ganara la Copa, sin embargo, no se discute la filosofía central en el deporte vasco. El equipo alavés ha triunfado aferrado a su modelo diferente, pero la apuesta por el talento de casa sigue siendo dominante y lo que da sentido a todo el edificio. Cuando esa fe flaquea tiemblan los cimientos, como la historia se ha empeñado en demostrar.
Cada uno a su manera, Real y Athletic comparten esta forma de entenderse a sí mismos y de ahí surge su éxito: de comprender que su singularidad no es una limitación sino su principal fortaleza. El Athletic prefiere la misa en latín mirando al retablo y la Real, una liturgia más abierta de Concilio Vaticano II, pero ambos con la cantera como eje y como forma de entender el mundo que no se cuestiona, una especie de edificio moral que genera una adhesión no muy distante de la que causan los combates entre el bien y el mal.
La mayor ligereza de la Real tiene su origen en el gusto adquirido por la creatividad y el talento puro tras el regreso a Primera. El sufrimiento y el sacrificio dejaron de tener prestigio en Anoeta gracias Griezmann y no se ha perdido ese hilo, del que tiraron Montanier, Vela, Imanol, Zurutuza, Illarramendi, Zubimendi, Merino, Oyarzabal y Zubeldia, entre otros muchos. El contraataque de corte italoamericano de Matarazzo es un una excentricidad en ese relato, pero por razones misteriosas, encaja.
El tono del partido lo da el hecho de que en un trance trascendental como una semifinal de Copa, en una ciudad burguesa como San Sebastián que se considera a sí misma el Jerusalén de la gastronomía, la grada de Anoeta dejará la vanguardia del Basque Culinary Center como una antigualla al cantar sus recetas de manifiesto surrealista, del tipo ´He comprado ayer pulpo ´pa´ cenar, me ha sentado mal, Real Sociedad´ o ´Por la mañana café, por la tarde ron, llévame a Sevilla Orri Óskarsson´. Para pasmo de la cátedra de viejas y respetables costumbres, es con esos mimbres con los que se gana hoy.
Las canciones describen el estado de ánimo y marcan las balizas del partido: prohibido el rigorismo esencialista. El 0-1 de la ida casi parece un capítulo del Viejo Testamenteo. Se trata de volver a ganar, siempre, aquí y ahora. Enfrente, un equipo campeón, tan seguro de ganar como la Real. Un placer poder recibir a un Athletic así a estas alturas de una competición mayor y jugar por lo que ambas instituciones consideran suyo: el éxito. El fútbol vasco ha vuelto, se ha quitado de encima los restos de la edad y la Real está para marcar el paso en este antagonismo feliz, creativo y triunfante que pone las cosas en su sitio.
LAS COSAS EN SU SITIO
El fútbol vasco no era un edificio en ruinas, sino un monumento que mostraba su edad. El cambio de siglo trajo dificultades a Real y Athletic. Empezaban a quedar lejos las glorias de los años 80 y los nuevos problemas que planteaba el futuro no ofrecían asideros claros a dos instituciones tradicionales. Hubo confusión y derivas erráticas en el rumbo que se pagaron con singular dureza en Anoeta, pero ni Real ni Athletic eran viejas reliquias. Han vuelto. Tanto tiempo después, son de nuevo equipos campeones.
La Real, en su resurgir, ha marcado el camino ideológico. Al negarse a aceptar un lugar subalterno, al reclamar su condición de club grande, ha asumido que debe combatir contra quienes se resisten a ceder su lugar en la mesa de los mejores. Regresó a la Champions hace ya más de diez años, ha jugado seis temporadas consecutivas en Europa y ha ganado la Copa. El Athletic recogió ese guante moral, ha renunciado al fatalismo de las finales perdidas de antemano y de los aplausos deportivos de Muniain y el resto de rojiblancos aquella noche de Sevilla salió el nuevo equipo campeón. Que el Athletic iba a volver lo sabía todo el mundo, y esa era la mejor señal del cambio. Si al fútbol vasco no se le hizo justicia con una revancha en otra final de Copa frente a frente apenas dos años después fue solo por la impericia de la Real al dejarse eliminar de forma penosa por el Mallorca, pero esta semifinal pone las cosas en su sitio: dos equipos que juegan para ganar y se retroalimentan. Un círculo virtuoso.
En esta Copa se vuelve a poner en discusión la hegemonía en el fútbol vasco, nada menos. La rivalidad ha sido equilibrada en los últimos 40 años, pero hoy es de una naturaleza opuesta a la de hace dos o tres décadas. Entonces era un antagonismo triste por intentar no ser el peor del vecindario; hoy es una pugna creativa por los laureles de la gloria, el lugar que, intimamente, nunca abandonaron los seguidores de las dos mayores instituciones deportivas del país.
Una semana después de que el Baskonia ganara la Copa, sin embargo, no se discute la filosofía central en el deporte vasco. El equipo alavés ha triunfado aferrado a su modelo diferente, pero la apuesta por el talento de casa sigue siendo dominante y lo que da sentido a todo el edificio. Cuando esa fe flaquea tiemblan los cimientos, como la historia se ha empeñado en demostrar.
Cada uno a su manera, Real y Athletic comparten esta forma de entenderse a sí mismos y de ahí surge su éxito: de comprender que su singularidad no es una limitación sino su principal fortaleza. El Athletic prefiere la misa en latín mirando al retablo y la Real, una liturgia más abierta de Concilio Vaticano II, pero ambos con la cantera como eje y como forma de entender el mundo que no se cuestiona, una especie de edificio moral que genera una adhesión no muy distante de la que causan los combates entre el bien y el mal.
La mayor ligereza de la Real tiene su origen en el gusto adquirido por la creatividad y el talento puro tras el regreso a Primera. El sufrimiento y el sacrificio dejaron de tener prestigio en Anoeta gracias Griezmann y no se ha perdido ese hilo, del que tiraron Montanier, Vela, Imanol, Zurutuza, Illarramendi, Zubimendi, Merino, Oyarzabal y Zubeldia, entre otros muchos. El contraataque de corte italoamericano de Matarazzo es un una excentricidad en ese relato, pero por razones misteriosas, encaja.
El tono del partido lo da el hecho de que en un trance trascendental como una semifinal de Copa, en una ciudad burguesa como San Sebastián que se considera a sí misma el Jerusalén de la gastronomía, la grada de Anoeta dejará la vanguardia del Basque Culinary Center como una antigualla al cantar sus recetas de manifiesto surrealista, del tipo ´He comprado ayer pulpo ´pa´ cenar, me ha sentado mal, Real Sociedad´ o ´Por la mañana café, por la tarde ron, llévame a Sevilla Orri Óskarsson´. Para pasmo de la cátedra de viejas y respetables costumbres, es con esos mimbres con los que se gana hoy.
Las canciones describen el estado de ánimo y marcan las balizas del partido: prohibido el rigorismo esencialista. El 0-1 de la ida casi parece un capítulo del Viejo Testamenteo. Se trata de volver a ganar, siempre, aquí y ahora. Enfrente, un equipo campeón, tan seguro de ganar como la Real. Un placer poder recibir a un Athletic así a estas alturas de una competición mayor y jugar por lo que ambas instituciones consideran suyo: el éxito. El fútbol vasco ha vuelto, se ha quitado de encima los restos de la edad y la Real está para marcar el paso en este antagonismo feliz, creativo y triunfante que pone las cosas en su sitio.
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Respuesta #1
hace 1 hora y 13 minutos
hace 1 hora y 13 minutos
Cita de Pleurix1:
El cronista del Diario Vasco Iñaki Izquierdo, que no suele ser muy neutral, escribe hoy un artículo con bastante cabeza y sentido común. Está bastante bien.
LAS COSAS EN SU SITIO
El fútbol vasco no era un edificio en ruinas, sino un monumento que mostraba su edad. El cambio de siglo trajo dificultades a Real y Athletic. Empezaban a quedar lejos las glorias de los años 80 y los nuevos problemas que planteaba el futuro no ofrecían asideros claros a dos instituciones tradicionales. Hubo confusión y derivas erráticas en el rumbo que se pagaron con singular dureza en Anoeta, pero ni Real ni Athletic eran viejas reliquias. Han vuelto. Tanto tiempo después, son de nuevo equipos campeones.
La Real, en su resurgir, ha marcado el camino ideológico. Al negarse a aceptar un lugar subalterno, al reclamar su condición de club grande, ha asumido que debe combatir contra quienes se resisten a ceder su lugar en la mesa de los mejores. Regresó a la Champions hace ya más de diez años, ha jugado seis temporadas consecutivas en Europa y ha ganado la Copa. El Athletic recogió ese guante moral, ha renunciado al fatalismo de las finales perdidas de antemano y de los aplausos deportivos de Muniain y el resto de rojiblancos aquella noche de Sevilla salió el nuevo equipo campeón. Que el Athletic iba a volver lo sabía todo el mundo, y esa era la mejor señal del cambio. Si al fútbol vasco no se le hizo justicia con una revancha en otra final de Copa frente a frente apenas dos años después fue solo por la impericia de la Real al dejarse eliminar de forma penosa por el Mallorca, pero esta semifinal pone las cosas en su sitio: dos equipos que juegan para ganar y se retroalimentan. Un círculo virtuoso.
En esta Copa se vuelve a poner en discusión la hegemonía en el fútbol vasco, nada menos. La rivalidad ha sido equilibrada en los últimos 40 años, pero hoy es de una naturaleza opuesta a la de hace dos o tres décadas. Entonces era un antagonismo triste por intentar no ser el peor del vecindario; hoy es una pugna creativa por los laureles de la gloria, el lugar que, intimamente, nunca abandonaron los seguidores de las dos mayores instituciones deportivas del país.
Una semana después de que el Baskonia ganara la Copa, sin embargo, no se discute la filosofía central en el deporte vasco. El equipo alavés ha triunfado aferrado a su modelo diferente, pero la apuesta por el talento de casa sigue siendo dominante y lo que da sentido a todo el edificio. Cuando esa fe flaquea tiemblan los cimientos, como la historia se ha empeñado en demostrar.
Cada uno a su manera, Real y Athletic comparten esta forma de entenderse a sí mismos y de ahí surge su éxito: de comprender que su singularidad no es una limitación sino su principal fortaleza. El Athletic prefiere la misa en latín mirando al retablo y la Real, una liturgia más abierta de Concilio Vaticano II, pero ambos con la cantera como eje y como forma de entender el mundo que no se cuestiona, una especie de edificio moral que genera una adhesión no muy distante de la que causan los combates entre el bien y el mal.
La mayor ligereza de la Real tiene su origen en el gusto adquirido por la creatividad y el talento puro tras el regreso a Primera. El sufrimiento y el sacrificio dejaron de tener prestigio en Anoeta gracias Griezmann y no se ha perdido ese hilo, del que tiraron Montanier, Vela, Imanol, Zurutuza, Illarramendi, Zubimendi, Merino, Oyarzabal y Zubeldia, entre otros muchos. El contraataque de corte italoamericano de Matarazzo es un una excentricidad en ese relato, pero por razones misteriosas, encaja.
El tono del partido lo da el hecho de que en un trance trascendental como una semifinal de Copa, en una ciudad burguesa como San Sebastián que se considera a sí misma el Jerusalén de la gastronomía, la grada de Anoeta dejará la vanguardia del Basque Culinary Center como una antigualla al cantar sus recetas de manifiesto surrealista, del tipo ´He comprado ayer pulpo ´pa´ cenar, me ha sentado mal, Real Sociedad´ o ´Por la mañana café, por la tarde ron, llévame a Sevilla Orri Óskarsson´. Para pasmo de la cátedra de viejas y respetables costumbres, es con esos mimbres con los que se gana hoy.
Las canciones describen el estado de ánimo y marcan las balizas del partido: prohibido el rigorismo esencialista. El 0-1 de la ida casi parece un capítulo del Viejo Testamenteo. Se trata de volver a ganar, siempre, aquí y ahora. Enfrente, un equipo campeón, tan seguro de ganar como la Real. Un placer poder recibir a un Athletic así a estas alturas de una competición mayor y jugar por lo que ambas instituciones consideran suyo: el éxito. El fútbol vasco ha vuelto, se ha quitado de encima los restos de la edad y la Real está para marcar el paso en este antagonismo feliz, creativo y triunfante que pone las cosas en su sitio.
Muy sensato, me ha gustado. Harto de boina enroscados